A orillas del Sena y sin tener en cuenta las duras críticas de sus contemporáneos, que la rechazaban por su aspecto férreo y agresivo, Gustave Eiffel levantó la torre que se convertiría en el símbolo de la capital francesa. Tras ganar el concurso de arquitectura para el que fue diseñada, la Torre Eiffel se consagró como el monumento identificativo de Francia en todos los continentes.
Con más de 300 metros de altura y un aspecto que sobrecoge, la Torre Eiffel nos ofrece dos puntos de vista, o mejor dicho, dos alturas sobre las que contemplar los principales lugares de interés de la ciudad. Para acceder podemos optar por comprar primero la entrada a la “primera planta” y a un espacio intermedio que hay sobre esta y pagar el precio restante después, o bien comprar directamente el billete para las dos.
Para subir a cualquiera de las plantas la torre dispone de ascensores en sus cuatro pies (dos para subir y otros dos para bajar). En la primera planta podemos contemplar las vistas sobre el Sena y los alrededores. Desde aquí se distinguen perfectamente monumentos como la catedral de Notre Dame, el museo de Napoleón, los campos eliseos o el Louvre. En esta altura también disponemos de restaurantes en los que relajarnos disfrutando de un café y las fabulosas vistas, y de tiendas de souvenirs sobre la torre y la cultura gala.
En la segunda planta, en la cima de la torre, se encuentra el museo de Gustave Eiffel, muy amplio y completo. También disponemos de un mirador desde el que se puede contemplar París en un radio de unos 10 kilómetros.
Se recomienda visitar la torre por la tarde, antes del anochecer, para poder disfrutar de la puesta de sol y del encanto de la ciudad de la luz, así como esperar hasta las horas puntas para disfrutar del espectáculo de luces. Pero no hay que olvidar que la torre en sí misma impresiona tanto como las vistas de la ciudad de la luz desde más de 300 metros de altura.




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